'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Maestros de infancia

Mi abuela solía poseer hace un resto de años un Chevrolet Impala, de color celeste. Mi abuela lo manejó por algún tiempo ella misma, más tarde contrató a un chofer, que se encargó de convertirlo en una especie de basurero ambulante. Y es que uno abría la cajuela –bastante holgada, así eran los Impala– y era de ver ese universo de cachivaches ilógicos que el señor se empeñaba en recopilar, acompañado de un tufillo atípico. Ese chofer a mí sólo me hablaba de prostitutas. Un sexólico bastante sholco, y cuyo mayor sueño en la vida era ganarse el Festival de la OTI. Suyo era un cuaderno en donde garabateaba toda clase de letras muy pulidas, con las más hermosas faltas de ortografía de todo el universo. O sea que el señor era un songwriter. Un viejo bastardo sin esperanza, pero él quería ser una especie de Arjona. Y en ese empeño había una especie de pureza, que contrastaba con la atmósfera general de su persona. Y lo recuerdo aquí en este momento, porque considero que siempre en mi infancia tuve contacto con personas heroicas que se encargaron de darme una visión alternativa de las cosas, la clase de educación que yo ávidamente buscaba y ningún colegio ni hogar podían darme. Otro señor que trabajó para la familia por ejemplo me contó con lujo de detalles sus múltiples experiencias de cuando era kaibil, y de cómo eso lo enfermó para siempre. Fue otra lección primordial. Yo escuchaba, embelesado. Y aquella mujer –aquella mujer nos cocinaba– que me enseñó el pecho, salvo que el pecho ya no estaba allí, porque a esas alturas ya se lo había arrancado para siempre el cáncer. Ese pecho ausente era la muerte. También quiero rememorar aquel guardián que me enseñó a chapear, cuánto se lo agradezco, es lo único que he continuado haciendo a lo largo de la vida, chapear y chapear, aunque sea metafóricamente, las inexpugnables malezas. Todos ellos y tantos más me mostraron las cosas vitales de la vida, mis gurús.


(Columna publicada el 16 de julio de 2009.)

1 comentario:

Maru Luarca dijo...

También tuve maestros de esos: el jardinero que me enseñó a injertar rosales, para crear variedades nuevas. Gran lección de que todo se puede cambiar, aún cuando Dios no lo ha dispuesto así (¿O eso también es parte de Su plan maestro?).
Mi mamá, que cosía mis disfraces hasta la madrugada, después de pasar el día entero atendiendo a sus pacientes. Sólo para enseñarme que el amor de las madres es mejor que cualquier droga energizante. En fin, también tengo mi lista de maestros de los que no hacen huelga y si enseñan.

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Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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