El hombre mira la tele
Doblando ropa. Ráfagas de ropa. Tormentas de ropa. Huracanes de ropa. Un Mitch en ropa. Un Rita en ropa. Un Stan en ropa, para el Stan. Se han vaciado las entrañas del clóset. Se han vaciado las arcas de los roperos. Han hurtado los bancos del armario. A toda esa ropa desatendida le llegó su sábado. ¿Qué nuevo destino ahora le aguarda? (¿San Martín Chile Verde?, ¿Panabaj?). Aquella prenda premoderna que pervivió agazapada, prófuga, hidratada de humedades, durante múltiples años, en el territorio lumpen del olvido, ha sido encontrada, vuelta a poner en circulación.
El buen Bradbury. Está ese cuento genial de Bradbury que se llama La larga lluvia: “Era una lluvia que ahogaba todas las lluvias, y hasta el recuerdo de las otras lluvias. Caía a golpes, en toneladas; entraba como hachazos en la selva y seccionaba los árboles y cortaba las hierbas y horadaba los suelos y deshacía las zarzas. Encogía las manos de los hombres hasta convertirlas en arrugadas manos de mono.”
El hombre mira la tele. El hombre está aburrido, como siempre, y como siempre, para desaburrirse, mira el control remoto y a veces la tele, orilla su tedio al tedio luminiscente de la pantalla televisiva. Así es como se entera que Lindsay Lohan ha vuelto a chocar otra vez. En otro canal, su atención es retenida por los cuerpos de mujeres altas, sexuales, y la megalomanía de sus senos y sus bikinis color sangre. Más adelante, comprueba sin alterarse que hay una mujer pakistaní al parecer sufriendo, pues al parecer su hija ha sido soterrada debajo de un edificio, críticamente. En un canal local, hay una mujer hablando: es una mujer de San Marcos. Está llorando. Se parece un poco a la mujer pakistaní. Es la madre del hombre que mira la tele. Pero el hombre que mira la tele está aburrido, y cambia de canal.
(Columna publicada el 13 de octubre de 2005.)
El buen Bradbury. Está ese cuento genial de Bradbury que se llama La larga lluvia: “Era una lluvia que ahogaba todas las lluvias, y hasta el recuerdo de las otras lluvias. Caía a golpes, en toneladas; entraba como hachazos en la selva y seccionaba los árboles y cortaba las hierbas y horadaba los suelos y deshacía las zarzas. Encogía las manos de los hombres hasta convertirlas en arrugadas manos de mono.”
El hombre mira la tele. El hombre está aburrido, como siempre, y como siempre, para desaburrirse, mira el control remoto y a veces la tele, orilla su tedio al tedio luminiscente de la pantalla televisiva. Así es como se entera que Lindsay Lohan ha vuelto a chocar otra vez. En otro canal, su atención es retenida por los cuerpos de mujeres altas, sexuales, y la megalomanía de sus senos y sus bikinis color sangre. Más adelante, comprueba sin alterarse que hay una mujer pakistaní al parecer sufriendo, pues al parecer su hija ha sido soterrada debajo de un edificio, críticamente. En un canal local, hay una mujer hablando: es una mujer de San Marcos. Está llorando. Se parece un poco a la mujer pakistaní. Es la madre del hombre que mira la tele. Pero el hombre que mira la tele está aburrido, y cambia de canal.
(Columna publicada el 13 de octubre de 2005.)


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