Buscando a Moss
Kate Moss, de 31 años ahora, empezó muy temprano en el modelaje, mostrando un fuselaje de mujer ultradelgada, anoréxica, medio junkie, medio enfermita. Una estética muy aplicable, eran los ochenta: un cuadrado cuyo lado superior era el furor de las dietas y los cuerpos y las anorexias; el lado lateral derecho era el frenesí yuppi onda American Psycho de Bret Easton Ellis; el lado lateral izquierdo era la cocaína, como remanente puro de la década anterior; y el lado inferior gótico era el SIDA naciente como un nuevo imperio. Moss perduró en el salvaje y efímero mundillo de las pasarelas hasta convertirse en un icono con lo suyo de iconoclasta, una modelo modelo pero con sabor a escándalo.
Hasta que el escándalo la desbordó definitivamente. A Kate la sacudió su propio Rita personal. Una serie de fotos en dónde Kate sale dándose varias rayas de cocaína la han puesto una y otra vez en las portadas de los periódicos. La guillotina es un fetiche perenne para el pueblo que ahora hace sus revoluciones en los tabloides. Pobrecita Kate. Linchada por el morbo pequeñobritánico. Ser famoso exige dos grandes pelotas, en estos tiempos. Que me libre Dios de ser millonario y famoso. Prefiero estar metido en una danza de casquillos en Gaza.
H&M, Burberry y Chanel le cancelaron contratos edénicos. En suma, destruyeron su carrera en una semana. El público la alabó por verse como una junkie, pero cuando se enteraron que en suma sí era una junkie, eso ya no le gustó al público. Porque lo que importa es el holograma. Si la apariencia se legitima, si la apariencia se vuelve real, entonces el público desconfía. La Moss ya se disculpó. Como Maria Antonieta, se disculpó ante su propio verdugo.
(Columna publicada el 29 de septiembre de 2005.)
Hasta que el escándalo la desbordó definitivamente. A Kate la sacudió su propio Rita personal. Una serie de fotos en dónde Kate sale dándose varias rayas de cocaína la han puesto una y otra vez en las portadas de los periódicos. La guillotina es un fetiche perenne para el pueblo que ahora hace sus revoluciones en los tabloides. Pobrecita Kate. Linchada por el morbo pequeñobritánico. Ser famoso exige dos grandes pelotas, en estos tiempos. Que me libre Dios de ser millonario y famoso. Prefiero estar metido en una danza de casquillos en Gaza.
H&M, Burberry y Chanel le cancelaron contratos edénicos. En suma, destruyeron su carrera en una semana. El público la alabó por verse como una junkie, pero cuando se enteraron que en suma sí era una junkie, eso ya no le gustó al público. Porque lo que importa es el holograma. Si la apariencia se legitima, si la apariencia se vuelve real, entonces el público desconfía. La Moss ya se disculpó. Como Maria Antonieta, se disculpó ante su propio verdugo.
(Columna publicada el 29 de septiembre de 2005.)



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