Estado bruto
Sánchez camina en la calle. No se siente bien, no se siente mal. ¿Piensa? No; no piensa exactamente, si aludimos a ese acto grueso y suyo de recibir la realidad: sin compromiso, sin voyeurismo, sin vocación aparente. Avanza muy cerca del chiclero de la esquina. En un momento, un carro, es un carro deportivo, choca, y tras el previsible desastre en la parte de adelante del automóvil, y un estropicio que causa una relativa conmoción entre la gente, Sánchez despierta de su letargo: al parecer, el choque lo devolvió a la realidad, lo devolvió a la guerra: Irak.
Piensa en Irak, en los culpables de la granada diplomática en Irak. La inculpación menos espectacular, por evidente, recae en Bush, y se entiende que no se trata solamente del personaje estricto sino más del consenso simbólico de una clase y actuar políticos en Norteamérica (y se entiende que el despacho de Tony Blair, por caso, está ubicado en Norteamérica, como el de Aznar). También son culpables los simpatizantes de a pie, menos por su capacidad real de decisión que por su permeabilidad, su tranquila manera de dejarse influir, su resumida complacencia.
Robin Cook, del equipo Blair, dimitió el lunes, y es lo menos, piensa Sánchez. Y sin embargo Cook estaba sonriendo demasiado, se diría, al presentar su renuncia. No complaciente, pero sí complacido, lo cuál, dado la gravedad del caso, es a la vez sospechoso. Aquí no hay trincheras claras ni convicciones puras. Ni por parte de Francia, ni por parte de Alemania, ni por parte de nadie.
Sánchez se detiene con el chiclero, a quien conoce, a quien compra un par de Payasos, lo más baratos. Parece que el hombre del carro chocado –un lindo carro– no está nada contento, y por eso lanza tantos improperios y ultimátums. Se parece, colmo de la ironía, a Powell, ese bruto en estado bruto.
(Columna publicada el 20 de marzo de 2003.)
(Nota: En esta columna apareció por primera vez Sánchez, personaje absolutamente ficticio, pero construido a partir de un tipo de ser humano existente y comprobable: el ex-guerrillero frustrado. Con esta clase de especímenes me topaba a cada rato en otros tiempos: alcohólicos, amargados. Por supuesto, a Sánchez le agregué un poco de inteligencia, para hacerlo interesante.)
Piensa en Irak, en los culpables de la granada diplomática en Irak. La inculpación menos espectacular, por evidente, recae en Bush, y se entiende que no se trata solamente del personaje estricto sino más del consenso simbólico de una clase y actuar políticos en Norteamérica (y se entiende que el despacho de Tony Blair, por caso, está ubicado en Norteamérica, como el de Aznar). También son culpables los simpatizantes de a pie, menos por su capacidad real de decisión que por su permeabilidad, su tranquila manera de dejarse influir, su resumida complacencia.
Robin Cook, del equipo Blair, dimitió el lunes, y es lo menos, piensa Sánchez. Y sin embargo Cook estaba sonriendo demasiado, se diría, al presentar su renuncia. No complaciente, pero sí complacido, lo cuál, dado la gravedad del caso, es a la vez sospechoso. Aquí no hay trincheras claras ni convicciones puras. Ni por parte de Francia, ni por parte de Alemania, ni por parte de nadie.
Sánchez se detiene con el chiclero, a quien conoce, a quien compra un par de Payasos, lo más baratos. Parece que el hombre del carro chocado –un lindo carro– no está nada contento, y por eso lanza tantos improperios y ultimátums. Se parece, colmo de la ironía, a Powell, ese bruto en estado bruto.
(Columna publicada el 20 de marzo de 2003.)
(Nota: En esta columna apareció por primera vez Sánchez, personaje absolutamente ficticio, pero construido a partir de un tipo de ser humano existente y comprobable: el ex-guerrillero frustrado. Con esta clase de especímenes me topaba a cada rato en otros tiempos: alcohólicos, amargados. Por supuesto, a Sánchez le agregué un poco de inteligencia, para hacerlo interesante.)



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