Distraerse
Alrededor del ente común guatemalteco se han levantado grandes bastidores. Son colosales estructuras electorales que nos tapan la vista, además de posiblemente irritarnos, de irritarnos, en lo posible.
La presión se hace notar, y si alguien se pregunta por qué razón fulanito (hermano, vecino, amante, el señor de la tienda) está muy deprimido (le ha pegado a la mujer) pues debe tener por seguro que tantos preámbulos proselitistas no ayudan mucho.
Porque una atmósfera preelectoral se apoya por encima de todo en la duda. Existen dos razones para ello, la primera siendo la muy básica de que no se sabe quién va a quedar, quién será el próximo presidente, y por lo tanto cuál será nuestro destino en los próximos años y en adelante, lo cual es ya desconcertante, y basta para generar un estado estupefacto y sicótico. Eso de un lado. Pero además todas las candidaturas ofician desde una sola inalterable verdad: las cosas están mal, es preciso cambiarlas por qué están mal. Lo cual es decir que nosotros estamos mal, porque nosotros somos las cosas.
Es lo que cada uno de los candidatos nos señala implícitamente o impúdicamente.
¿Qué pasaría si todos nos volviésemos ceñidos analistas, si el electorado estuviese compuesto solamente por enfadados intelectuales que lo desmigajan todo? Es una posibilidad ante la información: hacerse cargo de ella. Pero podemos estar seguros que nos cagamos en el país. La certificación de la democracia es al fin ese apoyo en una masa votante más o menos grosera, y si hay magia alguna, es justamente ésa. No exime a la masa electoral de hacer rigurosos acercamientos a cada una de las propuestas en el mapa electoral, sobre todo no, pero sobre todo el votante no debe sobrepensar su decisión, porque entonces se corre un riesgo: el riesgo de votar frustrado. Por lo tanto hay que saber distraerse.
(Columna publicada el 28 de junio de 2003.)
La presión se hace notar, y si alguien se pregunta por qué razón fulanito (hermano, vecino, amante, el señor de la tienda) está muy deprimido (le ha pegado a la mujer) pues debe tener por seguro que tantos preámbulos proselitistas no ayudan mucho.
Porque una atmósfera preelectoral se apoya por encima de todo en la duda. Existen dos razones para ello, la primera siendo la muy básica de que no se sabe quién va a quedar, quién será el próximo presidente, y por lo tanto cuál será nuestro destino en los próximos años y en adelante, lo cual es ya desconcertante, y basta para generar un estado estupefacto y sicótico. Eso de un lado. Pero además todas las candidaturas ofician desde una sola inalterable verdad: las cosas están mal, es preciso cambiarlas por qué están mal. Lo cual es decir que nosotros estamos mal, porque nosotros somos las cosas.
Es lo que cada uno de los candidatos nos señala implícitamente o impúdicamente.
¿Qué pasaría si todos nos volviésemos ceñidos analistas, si el electorado estuviese compuesto solamente por enfadados intelectuales que lo desmigajan todo? Es una posibilidad ante la información: hacerse cargo de ella. Pero podemos estar seguros que nos cagamos en el país. La certificación de la democracia es al fin ese apoyo en una masa votante más o menos grosera, y si hay magia alguna, es justamente ésa. No exime a la masa electoral de hacer rigurosos acercamientos a cada una de las propuestas en el mapa electoral, sobre todo no, pero sobre todo el votante no debe sobrepensar su decisión, porque entonces se corre un riesgo: el riesgo de votar frustrado. Por lo tanto hay que saber distraerse.
(Columna publicada el 28 de junio de 2003.)



No hay comentarios:
Publicar un comentario