'Buscando a Syd'... El reto ha sido buscar lo poético en lo profano y lo eterno en lo breve, siendo lo breve una columna medio extraviada en la penúltima, y quien llega a la penúltima, ya se sabe, llega allí con las manos sucias, luego de haber manoseado el diario entero, neurótico de actualidad y maldiciendo. El escritor de penúltimas sabe que una vez cerrado el periódico, jamás será abierto de nuevo, y por eso se juega el todo por el todo. Sirva, pues, cada uno de estos textos como prefacio al olvido… Es lo que soy... Un escritor de relámpagos… Maurice Echeverría







Sala de espera

Estamos en una sala de espera, y espera hay, a manantiales.
           
Es como un cosmos, un universo contenido, una sala de espera. Con sus leyes, sus galaxias concentradas, sus almacenes de entropía y posibilidad, sus certezas y sus misterios.
           
En esta precisa sala de espera hay una interpenetración constante de personas, deambulando en el ambiente esperil, que emana eficacia aprovisionada y ascéptica. Las señoritas en el frontdesk son puras sonrisas e IT.
           
Alguna ternura me dan el esposo y esposa (son tan jóvenes) que se toman de la mano y Pálida les toma las manos a ellos.
           
Yo considero que deberían darles analgésicos y painkillers, no solo a los pacientes, sino también a los esperantes, a quienes no les queda otra que visitar compulsivamente las pantallas de sus celulares, o mirar la criatura de linfa que se ha adherido a uno de los muros del lugar.
           
¿Qué esperan los esperantes, por cierto? Esperan resultados de laboratorio, tomografías y cosas por el estilo. Esperan al doctor, que en este caso es un tipo comprometido y decente, no joven, pero no exactamente viejo, y damos gracias al doctor.  
           
Como no tengo plan de internet en mi móvil, me limito a ver los pacientes ser movidos, unos en pedazos y otros más o menos enteros. Me llama poderosamente la atención ese para nada poderoso anciano que está siendo trasladado en una cama con rueditas. Me pregunto cómo están sus nitritos, sus leucocitos, sus bilirrubinas. No muy bien, asumo, pues la Oblicua ya se está desplazando diagonalmente hacia él, con su cara larga y necrósica.
           
¿Y qué hay de ella, la chica tatuada? ¿Qué quistes, qué tumores la pueblan, qué neoplasias serosas papilares?
           
Es una cohorte de depricuerpos pasando en sillas de ruedas; han sido perforados, han sido cortados, han sido rebajados. Son, y somos, los simios patológicos, conscientes de su patología, y manifestando carcinomas por la vida.
           
Aparte de los pacientes, observo esos extraños pájaros de origami volar en círculo. Están hechos a partir de pólizas de seguro médico que no tengo, están hechos de cuentas impagables, están hechos de prescripciones imposibles.
           
A veces, es cierto, pasa un ángel, engendrando oleadas y poderes de esperanza ahí donde esta ya ni existe y campos súbitos de bendición.
           
Otra cosa que diviso es el discurso médico, tan solido y reificado, pero también a ratos tan poroso. Va en bata mostrando propiedades altaneras y alopáticas. No queremos minimizar el discurso médico, cuyos logros son críticos, imprescindibles. El discurso médico ha estudiado durante incontables horas, y es por eso que cobra como cobra lo que cobra. Cuando cobra, esto es, porque en países como este al discurso médico es que a veces lo tienen sin cobrar. 
           
Por tratarse de una sala de espera de hospital, lo que veo es gente esperando, y yo mismo espero, en angustia. Estoy lleno de ansiedad y cortisol, como un niño a quien le han pegado durante toda la noche, o como alguien que estuviera lleno de ampollas de vidrio vacías.
           
O llenas, pero de miedo.


(Buscando a Syd publicada el 20 de abril de 2017 en El Periódico.)

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Mi foto
Maurice Echeverría (1976) nació en la ciudad de Guatemala. Ha publicado el libro de cuentos "Sala de espera" (Magna Terra, Guatemala, 2001) y "Por lo menos" (Santillana, Punto de Lectura, Guatemala, 2013). Los libros de poesía "Encierro y divagación en tres espacios y un anexo" (Editorial X, 2001) y "Los falsos millonarios" (Catafixia, 2010). Ha publicado la nouvelle "Labios" (Magna Terra, Guatemala, 2003), así como la novela "Diccionario Esotérico" (Norma, Guatemala, 2006). Maurice Echeverría ha colaborado en medios locales como Siglo XXI, El Periódico o Plaza Pública. Algunos de sus textos periodísticos son encontrables en el blog "Las páginas vulgares" (http://www.laspaginasvulgares.blogspot.com/). Como columnista, trabajó activamente para el diario El Quetzalteco, por medio de su columna "La Cueva" (reseñas de cine) y su columna editorial "Los Tarados". Desde el 2002 mantiene su columna "Buscando a Syd", en el diario El Periódico.
 
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